Tenemos que salvar. Tendemos a salvar. En un principio nos salvamos de fieras que husmeaban nuestra carne y mas tarde fuimos colocando alarmas en el cabezal de la cama. Se puso en marcha la cadena de montaje y nos vino la seguridad porque el peligro era demasiado puro como para inhalarlo. Pero en la cárcel el humo se rarifica, y sin perro no hay rabia. En el presidio, sin rabia ni circunstancia, sólo quedan los ladrillos, uno, y la carga de un tiempo cada vez más escuálido. ¿Y ahora qué? ¿A qué circunstancia se salva?
lunes, 25 de febrero de 2008
viernes, 22 de febrero de 2008
miércoles, 5 de septiembre de 2007
Silencio de plásticos
El viento danza con un plástico que no es ni fue. Con un plástico muerto. Yo lo observo. Yo lo observo y destierro mi carne.
martes, 4 de septiembre de 2007
Al Faro - Virginia Woolf

¿A quién importaba ya un argumento que nace y muere? En "Al faro" no se cuenta nada o bien se cuenta todo aquello que el lobo es capaz de vislumbrar bajo la carne, bajo el silencio. Se busca aquella eternidad que no es otra que el instante y su intensidad, que la naturaleza y su orden. ¿Qué importaban ya las glorias y desgracias que volverían al polvo? ¿Cuánto más importante era la fatua danza de neuronas de personajes que habitaban una casa cualquiera, en una isla cualquiera, con un sino cualquiera? Deseosos todos ellos de tocar la inalterabilidad de un faro cualquiera tapado por la niebla.
miércoles, 29 de agosto de 2007
Ruido
Miles de fracciones de ruido anidadas en mí.
Y bebí todo el agua del mar para ver si así aquella simétrica agonía de peces cesaba, para si -con suerte- marineros y timones, olvidando la húmeda obsesión, optaban de una vez por mutilar cada bello y horizonte de su costra de sal. Pero escuché entonces el aullido iracundo de la Metrópolis. Y cual autómata en busca de Dios engullí mil coches de vapor y otras cuantas raquíticas Babeles. Me serví de vidas, de jeringuillas, de caviar, de SIDA, de lívidos de ojos cansados, girasoles, de excelentísimos papeles. Me serví de una plegaria atendida y de millones desoídas. Me serví de autómatas ascetas. Me serví de ellos, aún sin bandeja que albergara su número. Y el volcán, como sexo vigoroso gritando infiernos y lujurias. Aún el volcán. Aún el volcán era. Y yo, tierra virgen por invadir, ahora tierra invadida. Lava que corría por mi garganta, humeante y real. Sexo que penetra, que penetra en mí, extasiado, ávido del amante que en su espesa calentura me recorre y me dice. Amante que ya saciado sucumbe a mi estómago. La tierra misma saboreé, el rocío temprano asqueroso en su dulzura. Y los niños desprovistos, a la belleza, a la subjetiva y objetiva. Degollé las Madonnas y corté las alas de el ave. Yo maté al poeta. Pensé en Dios, en ella y el peso de su sinrazón, el de las plegarias con las que alguien le hizo cargar. Con su ajado traje cayó a la tierra mía. Y murieron, sólo murieron. Esperanzado la comí. La comí, pero su sabor no era distinto al de la carroña que putrefacta dormía en mi vientre.
¡Pero qué inmundicia! ¡Mi estómago! ¡Mis párpados! ¡Mi hueso, mis huesos! ¡La carne! La carne que tampoco calla. Esa misma que ata en corto, esa, estaba allí. No sobró trozo alguno. No quedaron huesos. No quedaron vísceras. Tampoco los jugos pudieron huir. Me devoré, me devoré para conocer el rancio sabor a carroña de mi cuerpo. Me devoré pero olvidé devorarme también a mí. Olvidé la condena al ruido, la condena a ser.
Y bebí todo el agua del mar para ver si así aquella simétrica agonía de peces cesaba, para si -con suerte- marineros y timones, olvidando la húmeda obsesión, optaban de una vez por mutilar cada bello y horizonte de su costra de sal. Pero escuché entonces el aullido iracundo de la Metrópolis. Y cual autómata en busca de Dios engullí mil coches de vapor y otras cuantas raquíticas Babeles. Me serví de vidas, de jeringuillas, de caviar, de SIDA, de lívidos de ojos cansados, girasoles, de excelentísimos papeles. Me serví de una plegaria atendida y de millones desoídas. Me serví de autómatas ascetas. Me serví de ellos, aún sin bandeja que albergara su número. Y el volcán, como sexo vigoroso gritando infiernos y lujurias. Aún el volcán. Aún el volcán era. Y yo, tierra virgen por invadir, ahora tierra invadida. Lava que corría por mi garganta, humeante y real. Sexo que penetra, que penetra en mí, extasiado, ávido del amante que en su espesa calentura me recorre y me dice. Amante que ya saciado sucumbe a mi estómago. La tierra misma saboreé, el rocío temprano asqueroso en su dulzura. Y los niños desprovistos, a la belleza, a la subjetiva y objetiva. Degollé las Madonnas y corté las alas de el ave. Yo maté al poeta. Pensé en Dios, en ella y el peso de su sinrazón, el de las plegarias con las que alguien le hizo cargar. Con su ajado traje cayó a la tierra mía. Y murieron, sólo murieron. Esperanzado la comí. La comí, pero su sabor no era distinto al de la carroña que putrefacta dormía en mi vientre.
¡Pero qué inmundicia! ¡Mi estómago! ¡Mis párpados! ¡Mi hueso, mis huesos! ¡La carne! La carne que tampoco calla. Esa misma que ata en corto, esa, estaba allí. No sobró trozo alguno. No quedaron huesos. No quedaron vísceras. Tampoco los jugos pudieron huir. Me devoré, me devoré para conocer el rancio sabor a carroña de mi cuerpo. Me devoré pero olvidé devorarme también a mí. Olvidé la condena al ruido, la condena a ser.
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